viernes, 7 de abril de 2017

Carta semanal del Arzobispo de Sevilla

"Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa".
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
En la Eucaristía de este Domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa,
escucharemos el relato de la Pasión según san Mateo que, como en una especie de preludio,
nos introduce en los misterios culminantes de la vida de Jesús, que la Iglesia anuncia,
celebra y actualiza en estos días. En el Triduo Pascual, vamos vivir los acontecimientos
redentores, la pasión, muerte y resurrección del Señor, la más grande historia de amor, una
historia de salvación acontecida hace casi dos mil años, pero que no ha perdido actualidad,
porque todavía vivimos de sus frutos saludables.
El origen de esta historia es el amor de Dios, que no se contenta con acercarse al
hombre de múltiples modos a lo largo del Antiguo Testamento, sino que en la plenitud de
los tiempos envía al mundo a su Hijo para salvar y redimir a la humanidad, alejada de Dios
por el pecado, para brindarnos su amistad y hacernos partícipes de su vida divina.
La omnipotencia de Dios hubiera podido salvarnos sin necesidad de la Encarnación.
Quiso, sin embargo, enviarnos a su Hijo, que bajó hasta lo más profundo de nuestras
miserias, hasta la raíz de nuestro pecado, poniéndose a nuestro nivel, para realizar nuestra
salvación, que culmina en la Cruz y en el Misterio Pascual, que sigue siendo actual porque
es como un río que nace en el Calvario, que no deja de correr y en cuyas aguas todos
estamos invitados a sumergirnos para limpiarnos y purificarnos.
Jesús acepta libremente la Pasión. Nadie le fuerza sino su amor al Padre y a la
humanidad. Voluntariamente "ofreció la espalda a los que le golpeaban, la mejilla a los que
mesaban su barba; no ocultó el rostro a insultos y salivazos" (Is 50,6), como escucharemos
hoy en la primera lectura. Con libertad absoluta sube al árbol de la Cruz, en el que le clavan
cruelmente para que no pueda escapar. Desde la Cruz extiende sus brazos para abrazarnos a
todos. Permite que le abran su cuerpo, para que conozcamos sus entrañas de amor.
Como siervo obediente, nos dirá hoy san Pablo en la segunda lectura, "no hizo alarde
de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de
esclavo, pasando por uno de tantos; y así, actuando como un hombre cualquiera se rebajó
hasta someterse incluso a la muerte y muerte de cruz" (Fil 2,6-8). Subió al árbol del dolor,
rehusando el árbol del placer y el trono de la gloria y el poder, que le mostrara Satanás en el
desierto. Se vació de sí mismo al servicio de los hombres, abrazándose amorosamente a la
cruz. Su muerte se convierte así en causa de salvación para toda la humanidad.
El Arzobispo de Sevilla
La liturgia de estos días nos presentará a Cristo como el nuevo Adán, que ofrece al
Padre un sacrificio que repara y compensa sobradamente el pecado del primer Adán. La
obra redentora de Cristo llega así a la raíz. No es una solución pasajera, ni un paliativo
momentáneo, sino un injerto de gracia, que sana y renueva para siempre el árbol enfermo y
maldito del paraíso, que se convierte así en árbol de bendición, en la Cruz bendita de nuestro
Señor Jesucristo, que nos renueva y nos salva.
En ella descubrimos la realeza de Cristo, que los judíos proclaman en el Domingo de
Ramos y que nosotros proclamaremos también en la procesión en la que aclamaremos al
Señor con nuestros cantos como Profeta, Mesías, Rey e Hijo de Dios. En la Cruz se adivina
ya en lontananza su triunfo definitivo, su glorificación, su resurrección y ascensión.
Entre los dos Domingos de triunfo, el de Ramos y el de Pascua, ocurre la epopeya
grandiosa de la Pasión, en la que Jesús nos lo da todo: su cuerpo y su sangre, que quedan
para siempre entre nosotros en el sacramento de la Cena. Nos deja también su testamento, el
mandamiento nuevo del amor y de la fraternidad . Nos entrega además a su Madre como
Madre nuestra y nos da, por fin, su vida entera.
Este es el gran misterio que en esta Semana Santa estamos invitados a vivir con
hondura, en actitud contemplativa, participando en las celebraciones litúrgicas de nuestras
parroquias. Previamente reconciliémonos con Dios y con nuestros hermanos en el
sacramento de la penitencia. Que en estos días, busquemos espacios amplios para la oración,
para agradecer al Señor su inmolación voluntaria por nosotros y el sacramento de su cuerpo
y de su sangre. Acompañémosle también con recogimiento y en las hermosas estaciones de
penitencia de nuestras hermandades. El Señor está llamando ya a nuestra puerta. Abrámosle
de par en par, de modo que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en la Pascua
florida, resucite también en nuestros corazones y en nuestras vidas. Sólo así
experimentaremos la verdadera alegría de la Pascua.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
 
+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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